La historia de vida de San Anselmo, el niño triste que logró la protección de Dios y la alegría

La historia de vida de San Anselmo, el niño triste que logró la protección de Dios y la alegría

Hola mi gente: hoy, en este espacio destinado a rememorar la vida y la obra de diferentes personalidades vinculadas con la religión, la astrología y demás disciplinas importantes de nuestra vida, tengo el agrado de presentarles, en su día, la historia de San Anselmo, cuyo nombre significa “el que tiene la protección divina”.

Anselmo nació en el año 1304 en el seno de una familia lombarda que habitaba los montes italianos de Piamonte. Fue un niño triste y tímido en exceso, en gran parte debido a la presencia de un profesor muy riguroso que lo humillaba antes los demás. Unos años más tarde, su padre quiso que hiciera una carrera en la política o en el comercio pero él deseaba seguir su vocación religiosa. Para convencerlo de que no lo hiciera, el padre comenzó a llevarlo a las fiestas paganas y a las juergas que frecuentaba. Anselmo asistía a las mismas, pero al día siguiente pensaba: “El navío de mi corazón pierde el timón en cada fiesta y se deja llevar por las olas de la perdición”.

Su madre, que era profundamente creyente y aprobaba su vocación, murió a temprana edad y entonces Anselmo, para escapar del despotismo de su padre, consiguió un burro con el que anduvo hasta la abadía de los monjes benedictinos en Francia. Allí fue admitido enseguida y se dedicó con pasión a los estudios. En ese lugar se convirtió en una persona alegra y feliz: “Mis progresos espirituales, después de Dios y mi madre, los debo a haber tenido unos excelentes profesores en mi niñez, los Padres Benedictinos“, escribió alguna vez.

En mérito a su estudio y sus esfuerzos fue nombrado Superior de la abadía, cargo que al principio intentó resistir pero que finalmente terminó aceptando. En sus ratos libres se convirtió en un gran lector y en un autor de obras como “El monologio y el prosologio”, una de las más leídas por los miembros de la iglesia en aquella época. Cumplió una gran labor, oponiéndose a que el rey Guillermo nombrara a los obispos y dignatarios de la iglesia durante su mandato.

Su devoción por la virgen María lo llevaba a declarar frecuentemente que no había criatura tan sublime y perfecta como ella. Una de sus frases más celebres fue la que dijo antes de morir, en el año 1109, a la avanzada edad de 75 años: “Allí donde están los verdaderos goces celestiales, allí deben estar siempre los deseos de nuestro corazón”.

 

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